martes, 16 de febrero de 2016

La irrefrenable voluntad humana de liberarse de la desesperación ante la inevitable condena.

Cerrar la puerta. Tumbarse en la cama. Apagar la luz. Dormir. No. Intentar dormir. No se duerme. Piensa. Reflexiona. En la felicidad, en el amor, en el dolor, en la amistad, en el miedo...

...y en el inevitable cese de la experiencia física y mental recibida mediante la conciencia individual de un ser condenado a morir.     

Se desliza sinuosa la muerte en sus pensamientos, en el momento en el que la casa está vacía, en silencio, a oscuras. Solitario hombre que abre sus ojos y se despide de las esperanzas de poder dormir. Se levanta, se mueve, anda pesadamente por la casa, intranquilo y con gran ansiedad. Siente sudores fríos y una irrefrenable necesidad de hacer cosas, de salir a la calle descalzo y alzar los brazos a la luna, de hablar con sus amigos, de saludar a sus padres, de correr y subir al monte y sentir la hierba húmeda y el aire limpio. 

El pesar no desaparece ante la certeza de saber que en un tiempo injustamente breve dejara de existir. No es miedo. Es pesar y tristeza. No se puede temer algo irrevocable, se debe aceptar, pero dicho ejercicio no puede sino venir acompañado del pesar. De saber que un día no podrá sentir el gozo de despertar de un sueño y estirarse en el lecho. De saber que un día no podrá saborear una cerveza fría en una terraza con tres amigos. De saber que un día no podrá pasar una tarde con su familia. De saber que un día no podrá volver a sentir miedo, dolor, felicidad, gozo, nostalgia o valentía. Porque no habrá conciencia que sustente esos sentimientos.

El estómago se le carcome. Se lleva las manos a la cabeza y cuando quiere darse cuenta está agachado en el pasillo, con la cabeza entre sus rodillas y las manos en su nuca, repitiendo una y otra vez. 

-No... no... no... NO JODER, NO.

El no tiene miedo a la muerte. Pero se siente un cobarde. Porque no la quiere recibir, pero tampoco la quiere evitar. Una vida mortal de quince lustros es tan terrorífica como la condena de vivir una eternidad, ante las desgracias del inmutable paso del tiempo y la monotonía de la cronología de las grandes escalas. No sabe que quiere. Y ahí subyace su belleza. Es un ser que no quiere aceptar la muerte pero tampoco desea vivir por siempre. El dilema de presenta irónico. Ya no niega y reniega la realidad, ahora se ríe, pero con dolor. De sí mismo y de su desdicha. ¡Qué desgracia la condena a existir! ¡Qué pesar el deber de aceptar el propio destino! Desearía con ganas poder creer en la palabra de Abraham y tener la esperanza de un paraíso para mi conciencia. Entiende a los que se lanzan a los brazos de la fe, pues este temor es su sustento.

No le queda otra que tranquilizarse. Cesan las negaciones y las risas frías mientras golpea el suelo con sus pies. Respira hondo por tres minutos y se pone de pie. Apaga todas las luces que inconscientemente ha encendido en la casa. Cierra la puerta. La única manera para superar su crisis de conciencia es el olvido. Se obliga a olvidar que le espera algo inevitable, al menos por unos meses, hasta la siguiente noche solitaria en la que no concilies el sueño y la crisis retorne, y vuelva a sentir esas ganas irrefrenables de salir a la calle y prender fuego al cielo. 

Todo irá bien.

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