martes, 11 de febrero de 2014

Demomaquia (Capítulo II) | Secretos en la oscuridad

Capítulo II
Secretos en las Tinieblas
"Miradles, escondidos tras escudos verdes. Todos ellos morirán hoy. Y muchos de nosotros también caeremos con honores. La última barrera que separa nuestra patria de la gloria. Las aguas de este río se han alimentado con miles de años de guerra. Nutridlas pues con su sangre, mis nobles hombres en armas."

La plaza está desierta y el frío de la mañana causa la insensibilidad en mis dedos. Estoy sentado en un banco adyacente a una casa, en el extremo suroeste de la plaza, a unas ciento cincuenta yardas del portón del templo. No debe haber llegado siquiera la octava hora y el sol aún no ha calentado sus fuegos como para permitirme ver la hora exacta en el enorme reloj de la torre. La plaza está desierta. Las puertas del templo están cerradas.

Es gigantesco, siempre que había pasado por delante de la fachada me había sentido como un insignificante grano de arena ante tal majestuosidad arquitectónica. Las grandes columnas con fustes detallados con imágenes de guerras y héroes sostenían un friso liso, sobre el cual se alzaba un frontón semicircular con un altorrelieve de la batalla del delta del Icos, donde tantos murieron hace tantos años. En el friso se alcanzaba a distinguir una inscripción ya casi ilegible en letras grabadas. Mi padre era arquitecto, recuerdo muchas cosas que me contó acerca del templo. El nombre oficial es Alto Templo de Astor el Protector. Fue construido en honor a la victoria de éste ante el señor Nar-Ermaugh Ethanestoff de Ifflehim, en el delta del río Icos, hace más de mil quinientos años. Según se dice en las antiguas escrituras, la litografía del frontón reza unas palabras que el propio Astor pronunció antes de entrar en combate: "Las aguas de este río se han alimentado con miles de años de guerra. Nutridlas pues con su sangre, hermanos". Pacíficas palabras para colocar en un edificio público, ciertamente. Tras esa victoria, Astor accedió al poder y tomó el título y cargo de Lord Protector de Daun y las Tierras del Ocaso, y dirigiría así al pueblo hacia la identidad unitaria y comenzaría el dominio milenario de Daun sobre el resto de ciudades y regiones.

La gente comienza a llegar al pasar el tiempo, se han colocado unas vallas de madera adornada con banderas y el blasón del Patriarca en telas, formando un pasillo desde la vía hasta el portón del templo, marcada por bellas alfombras. La plaza se llena de personas, curiosos madrugadores que esperan ver y recibir al extranjero noble que viene a arrodillarse ante su ciudad. La luz del sol matinal baña el espacio y el reloj de la torre se muestra ante todos los que se reúnen bajo su sombra. Queda poco para que llegue la duodécima hora.

Queda poco para que llegue el señor del este y el viejo salga a recibirle. Se oye un barullo proveniente del centro de la plaza. Miro de nuevo al reloj. El carruaje ha llegado. Entre tantos gritos, se frenan sus ruedas en la vía frente a la escalinata del templo, entre banderas y sobre una alfombra enorme que cubre una gran superficie. Se paran los caballos y los hombres del este rodean el transporte, protegidos por brillantes armaduras, capas verdes y con largas armas de acero hacen las veces de murallas humanas que separan al gentío del carro. Y entonces las inmensas puertas se abren, con un sonido sordo, y un frío aliento parece ser escupido por el interior del templo. Las gentes callan, y entre las sombras del interior aparece una figura ataviada en blanca túnica, con una barba gris que le llega a la altura del pecho. El Patriarca sale a la plaza y baja la escalinata acompañado de una comitiva de eclesiásticos, guardias personales y sirvientes. A su vez, la muchedumbre grita. Parece que el joven del este ha bajado de su carruaje.

Me levanto y me dirijo a mi objetivo. Miro una última vez a la torre y veo un brillo característico proveniente de una de las ventanas bajo el gran reloj. Estoy concentrado y decidido.

Y así me deslizo entre las figuras de la muchedumbre como entre la maleza de un manglar. Mi rostro ensombrecido bajo la capucha gris y me coloco el pañuelo tapando mis facciones. Se muestran reacios a dejarme paso, me cuesta avanzar entre tanta gente. Estoy a apenas unas veinte yardas del carruaje cuando de pronto los guardas empujan a las primeras filas de espectadores con hostilidad, protegiendo al señor y al Patriarca, haciendo pasar sus alabardas a escasas pulgadas del público. Los guardianes están colocados a cierta distancia el uno del otro, para cubrir un espacio mayor, habiendo una valla entre cada uno de ellos. Me muevo entre tanto caos rodeando el carruaje hasta poder ver a mis objetivos saludándose. Avanzo esquivando miradas y discretamente busco mi pistola de percusión enfundada a mi espalda bajo el abrigo. Paso a paso mi mano aferra el arma con mayor fuerza. Ya no hay vuelta atrás, los guardias me miran.

Me dispongo a saltar una de las vallas entre dos guardias rápidamente, aprovechando la cantidad de gente, la confusión me dará unos segundos de ventaja antes de que se echen sobre mí, quizás incluso pueda escapar. Un guardia me ha visto, me alerta, me señala, lo ignoro. Salto la valla y estoy a pasos del Patriarca, desconoce que a la espalda del noble se le aproxima la muerte. El guardia salta la valla, se disponen a reducirme. Desenfundo la pistola rápidamente, apunto al viejo sobre el hombro derecho del joven del este.

Un estruendo envuelve la plaza y todo se hunde en un silencio mortal. El noble se desploma. Me quedo paralizado, aún con el brazo en alto apuntando al frente, a la cabeza del Patriarca. Me paso la mano libre por mi cara, estoy empapado en sangre que no es mía. Vuelvo a alzar la mirada hacia el Patriarca, que me mira a los ojos aterrorizado antes de huir entre la marea de corazas que es su guardia personal, cuyo capitán, de alto penacho de color platino corre hacia aquí.

Vuelvo en mí y me doy la vuelta, los guardias parecen volverse locos y veo como la muchedumbre se dispersa mientras las alabardas cortan el aire y los gritos llenan el espacio. Rápidamente huyo e intento perderme entre el mar de gente. Las armaduras aplastan y empujan a los desafortunados que caen a su paso y derriban a muchos. Salgo del gentío y me dirijo a una callejuela donde quizás les pierda, pero cuando estoy a punto de entrar siento como un pico se hunde en mi gemelo. Me caigo contra el suelo frío y el guardia extrae el acero de mi carne y pone su arma en mi cuello. Cuando quiero darme cuenta estoy rodeado de ellos, con sus rodillas en mi sien y mis manos asfixiadas, inmovilizadas por una pareja de guardias.

Me levantan entre dos de ellos y me arrastran de rodillas hacía el templo, a nuestro paso me cruzo con persona que huyen heridas y guardias que reducen a otros. Cuando me acerco a la escalinata, tras pasar el carro del noble veo su cadáver, me arrastran sobre las alfombras y mis rodillas se impregnan de un rojo que no es mío. Siento como si se me quebrasen las piernas mientras me suben por las escaleras, mis meniscos chocando contra el duro mármol de la entrada al templo. Rápidamente me doy cuenta, mientras me levantan y me empujan hacia el interior del templo, que algo peor que la muerte me espera.

El interior del templo parece aún más grande que el exterior. Tras un pequeño espacio que comunica la entrada con el interior, de unos 12 pies de altura, se abre la inmensidad de la naos del Alto Templo de Astor el Protector. Una planta circular coronada por una cúpula semicircular que se eleva en los doscientos pies de altura en el óculo. Las paredes adornadas con mármoles blancos y frescos que narran mitos y proezas de personajes casi olvidados. El espacio en el suelo perpendicularmente correspondiente al óculo es un pozo circular, rodeado por las nueve estatuas de mármol de las nueve divinidades, cada una de unos cuarenta pies, con enormes pedestales circulares, separadas entre sí, cada una con su altar propio, elevándose majestuosas como prodigios escultóricos. Me arrastran bajo las cadenas de Fräerys y me lanzan contra el enorme pedestal de Aeisen, como queriéndome dejar las cosas claras. Desde allí me siento una pulga, una ínfima mota de polvo ante la enormidad de las estatuas. Sobre mí se alzan el poderoso Than, y Ötalos, Estella, Zephos, Vermeria, Kayreïa con sus flechas más grandes que dos hombres, el inmenso martillo de Bramdthaxos, la túnica de Mäywen con exquisitos detalles y las alas de Zephos casi impiden que la luz del mediodía pase por el óculo, ensombreciéndome. Y la derecha de la entrada se alza Neisth, con su máscara en el fondo de la capucha, y Lookth, que parece retorcer sus formas con sus saipers a la espalda; y a su lado Fraëris, tan extrañamente bella. Y a mi espalda se alza en su trono el señor gobernante Aeisen, que parece minar mi voluntad con el solo tacto de su mármol.

–¿Cuál es tu nombre? –preguntan–. Resuena el eco de la pregunta en las cavidades del templo y sale al cielo por el óculo de la cúpula. Me golpean una y otra vez sin darme ocasión ni tiempo a responder. Mi pierna aún rezuma sangre. No les diré nada, después de todo no voy a comprar mi vida con nada que pueda decir.

–¿Quién te envía? ¿A quién sirves? –continúan preguntando–. Más golpes. Brota sangre de mi boca. Y más. Balbuceo recuerdo que las palabras se convierten en balbuceos al pasar por mis labios ensangrentados, y con un último golpe de bota en la nariz me lanzan contra una columna. Un guardia desenvaina su espada y acaricia mi barbilla con su punta.

–Un balbuceo más y te abro en canal, asesino –se dirige a mí con prepotencia–. Vamos, te desafío a que lo vuelvas a hacer.

Levanto el brazo pidiéndole tiempo y con el otro tomo mi pistola, antes de que puedan alarmarse la lanzo al suelo. –Está... cargada –digo escupiendo el rojo–.

Otro guardia la toma, –El plomo sigue aquí –dice mientras comprueba que no miento–. Desde atrás se oyen pasos. El Patriarca se acerca con las manos entrecruzadas. Aparta dos guardias y se alza ante mí. No me habla, sólo me mira, como un hombre mira una hormiga en el suelo. Alza su mano y extrae una daga de la vaina en el pecho de uno de sus guardias mientras dos de ellos me obligan a que me arrodille ante él. El gemelo me quema y me veo en necesidad de apretar los dientes. Se acerca y en susurros me habla.

–No tienes pinta de ser un loco, ni un asesino de los Hijos de Libaris, después de todo no me has matado pudiendo haber acabado con el Ethanestoff y conmigo a la vez. ¿Quién eres joven? ¿Quién te ha enviado? ¿Por qué le has volado los sesos a Àn-Sether? –me pregunta–. Demasiadas preguntas y no conozco la respuesta a nada de lo que dice. Me siento perdido.

–Yo... no le... he volado los sesos a nadie –balbuceé entre los borbotones de sangre de mis labios–. Mi... arma... –consigo decir antes de que el Patriarca me interrumpa–.

–¿Y de dónde vino el disparo, pues? Yo mismo vi como sacabas tu arma y disparabas al joven por detras. ¡Maldita sea la gracia de los Doce! ¿Por qué mataste al Ethanestoff? –dijo mientras me apretaba la daga contra la clavícula–.

Le miro a los ojos y reúno suficiente coraje como para pronunciarme. –El Ethanestoff no me importa lo más mínimo, ni siquiera sé quién es. De mi arma no salió proyectil alguno, y esa bala llevaba tu nombre, viejo –dije temerario–.

La muerte me esperaba y la había aceptado ya. No quedaba esperanza alguna para mí. El viejo se alejó de mí. Me miró con furia. Furia que no estaba alimentada por pena hacia el muerto ni por sorpresa al ver mis objetivos, sino por miedo. Miedo porque se dio entonces cuenta de lo que iba a ocurrir. –Tiene miedo, ¿verdad? –le susurré–. Los dioses son débiles cuando el pueblo no tiene fe en ellos.

El anciano se quedó callado un momento. –¿Vas a morir por nada? –dijo recuperándose y mirándome por encima–. ¿Vas a gastar una larga vida por callar? ¿Por qué lo mataste? ¿Por qué me ibas a matar? ¿A él o a mí?

Tomé aire mientras miraba al suelo, mi cuerpo colgando de los brazos de los dos guardias.    –Mi padre... era arquitecto –dije–. Dirigió la recuperación de este mismo templo hace cinco años. Los conocías, viejo, a mi padre. Jensen Starvos. Le llamaban "Manos blancas", siempre tenía sus manos manchadas del polvo del mármol trabajado.

Mientras hablaba, el Patriarca se volvió hacia mí sorprendido. –¿Eres el hijo del arquitecto? –dijo con los ojos abiertos–.

–Mi padre trabajó largos meses en este lugar. Lo convirtió en su segunda casa, lo conocía al  detalle, mejor que a su propio hogar, mejor que al cuerpo de mi madre –aspiré con fuerza–. Conocía todos sus... secretos.

Hubo un largo silencio, interrumpido por el Patriarca. Empujó a los guardias que me sujetaban y me agarró del cuello. A pesar de la edad, sentí fuerza en la tenaza de carne que me aprisionaba. Me arrastró como pudo mientras llamaba a su capitán para que le ayudase. –Dos más guardad la entrada a la Sala Roja, ¡el resto salid a la plaza y acabad con el caos de las calles! –ordenó a sus guardias–.

La sala roja era una estancia interior, al norte del centro de la cúpula en la sala principal, a la espalda de la estatua de Aisen. Era un espacio ovalado, de quince pies de altura, con una estatua de mármol de un guerrero con un yelmo y capa. La estatua se situaba sobre un pedestal rectangular, que en realidad era la tumba del rey Astor el Protector. Un descanso eterno para un monarca. A su alrededor, a lo largo del óvalo, se sucedían unas cincuenta columnas de tumbas de soldados que murieron en el delta del Icos, organizadas hasta en cinco pisos que llegaban hasta el techo. Acompañarían al rey más de doscientos cincuenta fieles guerreros muertos, en eterna guardia junto a su señor. El patriarca y su capitán me arrastraron circunvalando la estatua central, que parecía juzgarme con su lanza mientras yo me postraba arrodillado ante él. En el otro extremo de la estancia se abría un nicho con una pila, y sobre ella una balda de piedra sujetando un cáliz de plata y rubíes. El patriarca tomó el cáliz y presionó la balda sobre la que se encontraba.

Se oyó un sonido fuerte tras el nicho y la corriente pasó por una pequeña puerta secreta tras la roca. Ante ellos unas escaleras que descendían hacia la oscuridad. El espacio ya no estaba cuidado, no había mármol, ni azulejos rojos ni estatuas gloriosas. Un angosto pasillo interminable de piedra sin trabajar recubierta de musgo y una humedad que ahogaba el aliento.

–Estos son los secretos que desenterró tu padre del olvido, ¿no es cierto? –dijo el Patriarca mientras miraba al horizonte oscuro–.

No pude evitar la congoja. Ante mí nacía un pasaje de apenas nueve pies de altura por cuatro de ancho, flanqueado en las paredes por nichos y tumbas. Un cementerio largo tiempo olvidado que llegaba más allá de donde la vista se perdía en la oscuridad. En cada lado del pasillo unas 4 filas interminables, unas sobre otras de féretros de piedra, ataúdes encajonados.

–Las catacumbas... –se me escaparon las palabras, ya con la sangre de los labios seca. Miré al patriarca desafiante–. Matasteis a mi padre cuando descubrió esto, ¿verdad?

–La historia la escriben los que salen vivos del infierno, chico –dijo el viejo–. Astor ganó en el delta, y a pesar de que los libros dicen que la victoria se saldó con sólo doscientas cincuenta bajas de nuestro bando, cierto es que esos libros los escribimos nosotros. El mito de tan gloriosa y absoluta victoria ensombreció la verdad de lo que ocurrió aquel día: una victoria pírrica. Los doscientas cincuenta que murieron acorde a las historias restan en la sala roja, hijos de nobles, de comerciantes y burgueses. Aquí, en estas catacumbas descansan los doce mil restantes que murieron aquel día, desgraciados y marginados, huérfanos de padres muertos antes de tiempo, hijos de obreros y ciudadanos de última clase a quien se supone nadie echaría de menos.

Un silencio se apoderó del lugar. La lengua ya no quería hablar más. –¿Por qué? –exclamé–. ¿Por qué olvidarles?

–¿Crees que Astor habría contado con el apoyo de la nobleza y de la burguesía para alcanzar el poder si se supiese que había enviado a más de diez mil hombres a la muerte? Aquél día doce mil de los nuestros cayeron ante nueve mil hombres de Eryediff. Ganamos militarmente. Perdimos humanamente. A la vuelta, el rey entró a la ciudad acompañado de ocho mil triunfales supervivientes y seguido de carros cargados con toneladas de cadáveres. Según el Lord dijo, eran los cadáveres del enemigo, que gracias a su bondad yacerían en nuestra ciudad, como rivales honorables. –el viejo paró y miró al horizonte negro de ese pasillo interminable–. Mentira. Los cuerpos de los nueve mil de   Nar-Ermaugh se pudrían en el delta, corrompido por la muerte y convertido en un pantano. La carnaza que había entrado en la ciudad era la de los hombres del rey Protector, hijos de padres y madres de Daun y las Tierras del Ocaso, muertos por la urbe que habían jurado proteger. Después de todo, creía que dándoles entierro la misma diosa Estella perdonaría su incompetencia militar. No sé si abandonarlos en las catacumbas puede denominarse “enterramiento”, pero aquí yacen olvidados, habiéndose sacrificado en vida y en muerte por el estatus de su rey. Nuestra ciudad es lo que es hoy por su muerte y su olvido. Nuestros últimos mil quinientos años se han basado en esta mentira.

Un extraño sentimiento recorría mi cuerpo. Las tumbas parecían dejar escapar tímidos suspiros secos en la estancia inundada por un aire pesado y pegajoso. Me llegaba a sentir culpable. Eran desgraciados, pobres hombres injustamente olvidados.

–Tu padre murió por eso, chico. Descubrió la Tumba de los Olvidados. No nos podíamos arriesgar a que hablase. Durante siglos hemos intentado recobrar las relaciones con Ifflehim, pactar una paz tras tantos años de odio y rencor, de resistencia a pesar de que pensaban que éramos infinitamente superiores tras ver que doscientos cincuenta hijos del Ocaso valen por nueve mil hombres de Eryediff. Lograr de una vez por todas la dominación de Daun sobre Eryediff, de forma pacífica –El viejo tenía un brillo extraño en sus ojos mientras hablaba y el aire parecía más cargado–. Tu padre querría honrar a los que aquí restan, pero este descubrimiento habría hecho fuertes a Ifflehim, se habrían levantado en armas al ver que después de todo nosotros no éramos tan superiores como ellos creen y el intento de paz sería un fracaso. Logramos silenciarle. Pero tú, bastardo, tú has matado al hijo del señor de Ifflehim; y con ello viene la guerra. ¿Aún no tienes nada que decir?

–Sí... –dije con una mueca sonriente–. Que yo no he matado a nadie, y de haberlo hecho te habría matado a ti, cerdo –dije riendo, llevado por una extraña locura–. Y... viendo lo que se os viene encima... creo que vais a tener que ampliar este sitio.

El viejo me miró con ojos y ceño fruncido y de una patada en la mandíbula noté como mis huesos se rompían y me lanzó al suelo de las catacumbas. Antes de que pudiese abrir los ojos tras el golpe sentí cómo me pisó la cabeza hasta que mis risas cesaron y dejé de sentir nada.


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