martes, 11 de febrero de 2014

Demomaquia (Capítulo I) | El Trueno y el Espejo

Capítulo I
El trueno y el espejo

"Brilla mi hoja con un frío destello como al sol del atardecer. Mi acero es fiel y sirve a la justicia, con muescas que narran sus victorias."


En mi torre los relojes acercan su brazo a la duodécima hora del día. Me encuentro sentado, espalda contra la pared bajo una amplia ventana en la estancia, acompañado de los mecanismos que hacen que funcione el tiempo. Presido en esta posición, a unos doscientos setenta pies de altura sobre el centro de la inmensa plaza, el encuentro que se llevará a cabo a los pies del inmenso templo que se encuentra a mis espaldas. La plaza se asfixia, calculo con poca precisión unas seiscientas, quizás ochocientas personas que se han acercado a lo largo de la mañana y forman un caótico tumulto frente al edificio.

Gracias a un pequeño agujero producto de un ladrillo ya perdido a mi derecha y tomando mi cuchillo en el ángulo perfecto puedo verles aparecer reflejados en la hoja, a lo lejos. Llega la jauría del Patriarca, una comitiva de una treintena de guardias. Puedo distinguir entre sus manos lo que parecen modernos mosquetes de pedernal, alabardas y lucernes, corazas de metal y yelmos cerrados coronados con penachos rojos que recorrían sus espaldas, como crines de caballos. Eran fortalezas andantes, inexpugnables e invencibles. Soldados de élite, producto de años de formación, decididos a sangrar por lo que representaba el templo a sus espaldas. Que parecían ciegos con minúsculos vanos en sus yelmos por los que apenas podrían ver o respirar.

Comienzan a colocarse en una hilera doble, creando un pasillo que une el inmenso portón del templo con la vía que cruza la plaza. Suenan trompetas. Ya vienen.

Las decenas de voces y diferentes conversaciones que tenían lugar en la plaza se silencian gradualmente cuando un carruaje entra en la plaza por el lado este. De madera de calidad, oscurecido con barnices y embellecido con telas verdes que ondean tras de sí con gracia. Lo guían tres pares de majestuosos caballos de piel oscura y crines tintadas de verde. Las gentes han inundado la plaza y son separadas de la vía que atraviesa el carruaje por guardias del patriarca, con alabardas en mano, como columnas que separan a unos y otros. Preparo mi Ébano.

Ellos tendrán mosquetes, yo tengo algo incluso mejor. Venida del este, un prototipo de arma de fuego sustancialmente más precisa que las suyas. Lo llaman fusil. Esta es mi Ébano. Pesa dieciséis libras y tiene un cañón estriado de cuatro palmos, que hace que la munición tenga tal poder de penetración y alcance que puede atravesar una coraza de bronce a trescientas yardas.

Una compleja recámara permite disparar cuatro veces rápidamente mediante un mecanismo de cerrojo antes de tener que prepararla de nuevo. En mis bolsillos guardo una docena de proyectiles, puntiagudos como estiletos que atraviesan hierro, carne y hueso. Acarician el metal de las entrañas del fusil y coloco una bala, cierro la cámara y con la palanca la cargo. Mi Ébano. Un sistema de miras de aumento, un prodigio telescópico sobre el cañón, me ayudará a tener una vista privilegiada sobre el encuentro. Estaré a apenas unas doscientas yardas del carruaje, nada que no haya hecho ya. Se ha bajado.

Se baja orgulloso entre trapos glaucos, el ruido de las grebas chocando contra el suelo se oye en toda la plaza, con sus galas, capa esmeralda y una coraza de acero con incrustaciones de argenta y esmeraldas. A su cintura, su espada, un estoque con filo cortante. Es joven, apenas rondará los veinticinco años. De pelo lacio a la altura de su mentón, ligera barba, facciones suaves y unos ojos afilados que sonríen falsamente a su anfitrión. Su nombre es Àn-Sether, de la familia Ethanestoff, segundo hijo del señor de Ifflehim y segundo portador del nombre en el linaje de los Ethanestoff, reciente protegido del patriarca, una pieza clave del plan dado a continuar el orden establecido. Porta el título de Àn, señal de que es hijo del señor de Ifflehim y perteneciente a la casta de los antiguos monarcas del sureste, antaño grandes dirigentes desde la ciudad de Ifflehim. Hoy en día es una dinastía decadente de un reino subyugado que no es ni la sombra de lo que fue. Las ansias de recobrar el prestigio se pueden sentir en sus acciones recientes. Sé lo que pasa aquí, y aquí estoy para que no ocurra.

Se daban la mano, como amigos de toda la vida, más no era esa amistad más falsa que las verdes melenas de sus monturas, una red de mentiras y traiciones conjuntas de doble dirección, y siempre pierde el más débil que no es otro que aquellos que llenan la plaza.

Cruzó mi mente volarle los sesos al Patriarca, pero no era el momento. Todo a su tiempo, decía mi abuelo, o todo esto será en vano. Esto es una pieza más en el puzle que derribará sus esquemas.
Había viajado Àn-Sether Ethanestoff desde Ifflehim en nombre de su padre, el señor de la ciudad y las tierras de Eryediff, Nar-Setheyros. Su misión tenía fines diplomáticos, pretendía el señor rendirse ante sus históricos contrincantes y considerar las ofertas de paz y acuerdos políticos y económicos que el consejo del Lord Protector Aythom, señor de la ciudad, le había estipulado. La antigua urbe de Ifflehim se rendía ahora ante el poderío de esta, la ciudad de Daun. Pero eso sería al alba del mañana, hoy Àn-Sether acaba de llegar triunfal a Daun y el Patriarca, como falso mesías de la neutralidad en este conflicto se ofreció a recibirle en el Alto Templo de Astor. Mientras observo el encuentro recuerdo por qué estoy aquí, porque debo hacer esto, por qué quiero hacer esto. Me lo han puesto demasiado fácil.

Ajusté la mira hasta conseguir una imagen tan nítida que podía ver las gotas de sudor resbalando por su frente. El puerco se asa en su horno de metal mientras habla con el viejo. Apunté ligeramente sobre la cabeza del objetivo para compensar la caída del proyectil, tomé aire y lo solté lentamente entre los labios con un tímido silbido.

Un mínimo golpe de dedo índice, un estallido ensordecedor, una violenta sacudida en la cabeza del noble y una calma incómoda. De pronto, todo se para. Cesa el clamor de las muchedumbres ante el eco del trueno, acrecentado por las corazas de los guardias. Las palomas en la plaza nublan el cielo huyendo del estruendo en bandada. Las sombras de sus alas oscurecen las armaduras pálidas.

El Patriarca dedica una última sonrisa afectuosa al joven  del este, que lentamente pasa a una mueca de confusión para llegar a una de terror. Y entonces, entre tal silencio, se desploma un cuerpo sobre las alfombras colocadas en la plaza, y poco a poco tornan a un brillante tono carmesí, que sirve de espejo en el cual se reflejan las palomas que se alejan hacia las alturas.

Y entonces, el silencio cae víctima de los gritos agudos de la gente mientras los guardias se percatan de lo ocurrido y preparan sus mosquetes apuntando en todas direcciones. Los protectores disuelven a la muchedumbre buscando autores de tal hecho, a alguien sospechoso, con algún arma de fuego. La gente corre, y ante tal caos, los guardias enloquecen. Y mientras el cadáver de Àn-Sether yace sobre las alfombras empapadas, probablemente con un amplio vano en su cabeza y dos agujeros en sus sienes. Pronto estará frío.

 Mientras cuelgo mi Ébano a mi espalda y lo cubro con la capa veo desde mi posición cómo cogen a un hombre encapuchado que huía con el gancho de un lucerne y lo hieren de gravedad, me pregunto si lo usarán de chivo expiatorio. Me pesa el daño a los inocentes, pero no depende de mí, yo ya he cumplido, me toca desaparecer. Mi trabajo aquí, hoy, ha terminado. Y mientras bajo con cuidado por la cornisa exterior de la torre veo como bajo mí, en la plaza, la gente huye del espacio abierto y busca asilo en las calles sinuosas mientras que los guardias intentan guardar el perímetro. Allí a lo lejos veo cómo el portón se cierra y las blancas figuras del patriarca y varios de sus protectores se pierden en el interior del Alto Templo. Se han llevado a rastras a un hombre, dejando un rastro rojo en el suelo.


Y mientras, Àn-Sether sigue en su lecho de sangre, abandonado a los pies de la escalinata, cuando no hay guardias que lo protejan ni gentes que lo vitoreen.

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