martes, 4 de junio de 2013

Demomaquia (Parte V) | Lugar erróneo, momento equivocado

"Una capucha gris, como un peregrino que llega a una nueva tierra para liberarla de los cuervos y los buitres.  Es un lobo, un halcón que caza ratas."

Me deslizo entre las figuras de la muchedumbre como entre la maleza de un manglar. Mi rostro ensombrecido bajo la capucha gris y me coloco el pañuelo tapándo mis facciones. Se muestran reacios a dejarme paso, me cuesta avanzar entre tanta gente. Estoy a apenas 20 yardas del carruaje cuando de pronto los guardas empujan a las primeras filas de espectadores con hostilidad, protegiendo al señor y al Patriarca, haciendo pasar sus alabardas a escasas pulgadas del público. Los guardianes están colocados a unas 3 yardas el uno del otro, para cubrir un espacio mayor, habiendo una valla adornada entre cada uno de ellos. Me muevo entre tanto caos rodeando el carruaje hasta poder ver a mis objetivos saludándose. Avanzo esquivando miradas y discretamente busco mi pistola de percusión enfundada a mi espalda bajo el abrigo. Paso a paso mi mano aferra el arma con mayor fuerza. Ya no hay vuelta atrás, los guardias me miran. Me dispongo a saltar una de las vallas entre dos guardias rápidamente, aprovechando el gentío y la confusión me dará unos segundos de ventaja antes de que se echen sobre mí., quizás incluso pueda escapar de esta. Un guardia me ha visto, me alerta, lo ignoro. Salto la valla y estoy a 5 metros de el noble, desconoce que a sus espaldas se le aproxima su muerte. El guardia salta la valla, se disponen a reducirme. Desenfundo la pistola rápidamente, apunto al viejo.

Un estruendo envuelve la plaza y todo se hunde en un silencio mortal. El señor del este se desploma. Me quedo paralizado, aún con el brazo en alto apuntando al frente, a la cabeza del Patriarca, pero estoy paralizado. Me paso la mano libre por mi cara, estoy empapado en sangre que no es mía. Vuelvo a alzar la mirada hacia el Patriarca, que me mira aterrorizado antes de huir entre la marea de corazas que es su guardia personal, cuyo capitán, de alto penacho rojo corre hacia mí, señalándome. Vuelvo en mí y me doy la vuelta, vienen a por mí, y veo como la muchedumbre se dispersa. Rápidamente huyo e intento perderme entre el mar de individuos. Las alabardas ondean y derriban a muchos. Salgo del gentío y me dirijo a una callejuela donde quizás les pierda, pero cuando estaba a punto de entrar siento como una hoja se hunde en mi gemelo. Me derriban y el guardia pone el lucerne en mi cuello. Cuando quiero darme cuenta estoy rodeado de ellos, con sus rodillas en mi sien y mis manos asfixiadas, inmovilizadas por una pareja de guardias. Rápidamente me doy cuenta, mientras me levantan y me empujan hacia el interior del templo, que algo peor que la muerte me espera.

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