martes, 23 de julio de 2013

Demomaquia (Parte VI) | Secretos en las tinieblas

"Son doce mil. Sin nombre, en féretros de piedra, en un cementerio cavado en lo más hondo de la mentira. Pobres desgraciados con uniforme de huesos y polvo de calcio roído por el tiempo."

¿Cual es mi nombre? Mi nombre, preguntan. Resuena el eco de la pregunta en las cavidades del templo y sale al cielo por el óculo de la cúpula. Me golpean una y otra vez sin darme ocasión ni tiempo a responder. Mi pierna aún rezuma sangre. No les diré nada. No hay piedad que pueda comprar con información. ¿Quién te envía? ¿A quién sirves? Más golpes. Brota sangre de mi boca. Y más. Balbuceo frases sin sentido, con un último golpe de bota en la nariz me lanzan contra una columna. Un guardia desenvaina su espada y acaricia mi barbilla con su punta.

-Un balbuceo más y te corto el cuello, asesino.

Levanto el brazo pidiéndole tiempo y con el otro tomo mi pistola, la lanzo al suelo.

-Está... cargada.

Otro guardia la toma, -El plomo sigue aquí.- Desde atrás se oyen pasos. El Patriarca se acerca con las manos entrecruzadas. Aparta dos guardias y se alza ante mí. No me habla, sólo me mira, como un hombre mira una hormiga en el suelo. Alza su mano para que uno de los guardias ponga una daga en su palma, dos de ellos me reducen y me arrodillan ante él. Se acerca y en susurros me habla.

-¿Eres un Vigilante? No, no tienes pinta. ¿Un Alas Negras? ¿Quién eres joven? ¿Quién te ha enviado? ¿Por qué le has volado los sesos a Àn-Sether?

-Yo... no le... he volado los sesos a nadie.- Balbuceé entre los borbotones de sangre de mis labios. -Mi... arma...- El Patriarca me interrumpió.

-¿Y de dónde vino el disparo, pues? Yo mismo vi como sacabas tu arma y disparabas. ¡Maldita sea la gracia de los Nueve! ¿Por qué mataste al Ethanestoff?- dijo mientras me apretaba la daga contra la clavícula.

-Lo habría hecho, señor, créame, y justo después habría acabado con usted a cuchilladas si fuese necesario. Pero de mi arma no salió proyectil alguno. Mi dedo índice no fue lo bastante rápido.- La muerte me esperaba y la había aceptado ya. No quedaba esperanza alguna para mí. Me miró con furia. Furia que no estaba alimentada por pena hacia el muerto, sino por miedo. Miedo ante cualquier amenaza que pueda gestarse contra él. Contra los nobles, los ricos. El disgusto crece en los bajos fondos, los barrios más pobres se mueren y sufren la viruela. -Tiene miedo, ¿verdad?- Susurré. -Los dioses son débiles cuando el pueblo no tiene fe en ellos.-

El anciano se quedó callado un momento. -¿Vas a morir por nada?- dijo recuperándose y mirándome por encima- ¿vas a gastar una larga vida por callar? ¿Por qué lo mataste? ¿Por qué lo ibas a matar?

Tomé aire mientras miraba al suelo, mi cuerpo colgando de los brazos de los dos guardias. -Mi padre... era arquitecto. Dirigió la recuperación de este mismo templo hace 5 años. Usted lo conocía, mi señor. Jensen Starvos, le llamaban "Manos blancas" porque siempre tenía sus manos manchadas del polvo del mármol trabajado.

Mientras hablaba el Patriarca se volvió hacia mí sorprendido. -¿Eres el hijo del arquitecto?

-Mi padre trabajó largos meses en este lugar. Lo convirtió en su segunda casa, lo conocía al detalle, mejor que a su propio hogar, mejor que al cuerpo de mi madre. -Aspiré con fuerza.- Conocía todos sus... secretos.

Hubo un largo silencio, interrumpido por el Patriarca. Empujó a los guardias que me sujetaban y me agarró del cuello. A pesar de la edad, sentí fuerza en la tenaza de carne que me aprisionaba. Me arrastró como pudo mientras llamaba a su capitán para que le ayudase. -Dos más guardad la entrada a la Sala Roja, ¡el resto salid a la plaza y acabad con el caos de las calles!-

La sala roja era una estancia interior, al norte del centro de la cúpula en la sala principal. Era un espacio ovalado, con una estatua de mármol de un guerrero con un yelmo de plumas rojas y una cama carmesí. La estatua se situaba sobre un pedestal rectangular, que en realidad era la tumba del rey Astor el Protector. Un descanso eterno para un monarca. A su alrededor, a lo largo del óvalo, se sucedían unas 50 columnas de tumbas de soldados que murieron en el delta del Icos, organizadas hasta en 5 pisos que llegaban hasta el techo. Acompañarían al rey más de 250 fieles guerreros muertos, en eterna guardia junto a su señor. El patriarca y su capitán me arrastraron circunvalando la estatua central, que parecía juzgarme con su lanza mientras yo me postraba arrodillado ante él. En el otro extremo de la estancia se abría un nicho con una pila, y sobre ella una balda de piedra sujetando un cáliz de plata y rubíes. El patriarca tomó el cáliz y presionó la balda sobre la que se encontraba. Se oyó un sonido fuerte tras el nicho y la corriente pasó por una pequeña puerta secreta tras la roca. Ante ellos unas escaleras que descendían hacia la oscuridad. El espacio ya no estaba cuidado, no había mármol, ni azulejos rojos ni estatuas gloriosas. Un angosto pasillo interminable de piedra sin trabajar recubierta de musgo y una humedad que ahogaba el aliento.

-Estos son los secretos que desenterró tu padre del olvido, ¿no es cierto? -No pude evitar la congoja. Ante mí nacía un pasaje de apenas dos metros de altura por uno y medio de ancho, flanqueado en las paredes por nichos y tumbas. Un cementerio largo tiempo olvidado que llegaba más allá de donde la vista se perdía en la oscuridad. En cada lado del pasillo unas 4 filas interminables, unas sobre otras de féretros de piedra, ataúdes encajonados.

-Las catacumbas... -dije, ya con la sangre de los labios seca. Miré al patriarca desafiante: -Matasteis a mi padre cuando descubrió esto, ¿verdad?-

-La historia la escriben los vencedores, chico. -dijo el viejo- Astor ganó en el delta, y a pesar de que los libros dicen que la victoria se saldo con sólo 250 bajas de nuestro bando, cierto es que esos libros los escribimos nosotros. El mito de tan gloriosa y absoluta victoria ensombreció la verdad de lo que ocurrió aquel día: una victoria pírrica. Los 250 que murieron acorde a las historias restan en la sala roja. Aquí, en estas catacumbas descansan los 12000 restantes que murieron aquel día.

-¿Por qué? -exclamé.- ¿Por qué olvidarles?

-¿Crees que Astor habría contado con el apoyo del pueblo si se supiese que había enviado a más de diez mil hombres a la muerte? Aquél día 12000 de los nuestros cayeron ante 9000 hombres de Ifflehim. Ganamos militarmente. Perdimos humanamente. A la vuelta, el rey entró a la ciudad acompañado de 8000 triunfales supervivientes y seguido de carros cargados con toneladas de cadáveres. Según el Lord dijo, eran los cadáveres del enemigo, que gracias a su bondad yacerían en nuestra ciudad, como rivales honorables. -el viejo paró y miró al horizonte negro de ese pasillo interminable.- Mentira. Los cuerpos de los 9000 de Àn-Ermaugh se pudrían en el delta, corrompido por la muerte y convertido en un pantano. La carnaza que había entrado en la ciudad era la de los hombres de el rey Protector, muertos por la urbe que habían jurado proteger. Después de todo, Astor quiso tener algo de honor bajo la mentira. 12000 cadáveres, padres, hijos, maridos y hermanos; muertos por su Lord. Aquí yacen olvidados, habiéndose sacrificado en vida y en muerte por el estatus de su rey. Nuestra ciudad es lo que es hoy por su muerte y su olvido. Nuestros últimos 1500 años se han basado en esta mentira.

Un extraño sentimiento recorría mi cuerpo. Las tumbas parecían dejar escapar tímidos suspiros secos en la estancia inundada por un aire pesado y pegajoso. Me llegaba a sentir culpable. Eran desgraciados, pobres hombres injustamente olvidados.

-Tu padre murió por eso, chico. Descubrió la Tumba de los Olvidados. No nos podíamos arriesgar a que hablase. Durante siglos hemos intentado recobrar las relaciones con Ifflehim, pactar una paz tras tantos años de odio y rencor por lo ocurrido aquel día. -El viejo tenía un brillo extraño en sus ojos mientras hablaba, y el frío y el aire parecía más cargado.- Tu padre querría honrar a los que aquí restan, pero este descubrimiento habría hecho fuertes a Ifflehim, se habrían levantado en armas al ver que después de todo nosotros no eramos tan superiores como ellos creen y el intento de paz sería un fracaso. Logramos silenciarle. Pero tú, bastardo, tú has matado al hijo del señor de Ifflehim; y con ello viene la guerra. ¿Aún no tienes nada que decir?

-Sí... -dije con una mueca sonriente- Yo no he matado a nadie, y de haberlo hecho te habría matado a ti, asesino...-dije riendo, llevado por una extraña locura.- Y... viendo lo que se os viene encima... creo que vais a tener que ampliar este sitio.

El viejo me pisó la cabeza hasta que mis risas cesaron.

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