lunes, 11 de marzo de 2013

Demomaquia (Parte III) | El trueno y el espejo

"El disparo se oyó desde todos los rincones de la ciudad, como un trueno seco y cruel que resquebrajaba el aliento de quien lo oía. Cayó muerto el noble, frío, como un rey en jaque mate."

Se daban la mano, como amigos de toda la vida, más no era su amistad un simple acuerdo económico, basado en las mentiras y las traiciones conjuntas ante el débil. Cruzó mi mente volarle los sesos al patriarca, pero eso no dependía de mí. Todo a su tiempo, decía mi abuelo. Ajusté la mira hasta conseguir una imagen tán nítida que podía ver las gotas de sudor resbalando por su frente, parece que el puerco se asa en esos hornos de metal. Apunté ligeramente sobre la cabeza del objetivo para compensar la caída del proyectil a tal distancia, tomé aire y lo solté lentamente entre los labios con un tímido silbido.

Un mínimo golpe de dedo índice, un estallido ensordecedor, una violenta sacudida en la cabeza del noble y una calma incómoda. De pronto, todo se para. Cesa el clamor de las muchedumbres ante el eco del trueno, acrecentado por las corazas de los guardias. Las palomas en la plaza nublan el cielo huyendo del estruendo en bandada. Las sombras de sus alas oscurecen las armaduras pálidas. El Patriarca dedica una última sonrisa afectuosa al señor del este, que lentamente pasa a una mueca de confusión para llegar a una de terror. Y entonces, entre tal silencio, se desploma un cuerpo sobre las alfombras colocadas en la plaza, y poco a poco tornan a un brillante tono carmesí, que sirve de espejo en el cual se reflejan las palomas que se alejan hacia las alturas. Y entonces, el silencio cae víctima de los gritos agudos de la gente, los guardias rodean el cadáver y preparan sus mosquetes apuntando en todas direcciones. Los protectores disuelven a la muchedumbre buscando a alguien sospechoso, con algún arma de fuego. La gente corre, y ante tal caos, los guardias enloquecen. Cogen a un hombre encapuchado que huía despavorido con el gancho de un lucerne y lo hieren de gravedad, me pregunto si lo usarán de chivo expiatorio. Me pesa el daño a los inocentes, pero no depende de mí, yo ya he cumplido, yo ya he desaparecido, entre los tejados de la urbe. Mi trabajo aquí, hoy, ha terminado. Os he dejado el casquillo que ha matado a vuestro señor en la torre, allí tendréis la prueba de quién ha sido el culpable, quizás así salve inocentes. Aunque bien dudo que se molesten en investigar, antes aplastarán a todo el que parezca sospechoso con tal de hacer eterno el terror impuesto. Es hora de que sean ellos las víctimas del pavor del que fueron autores. Las tornas cambian.

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