jueves, 21 de febrero de 2013

Demomaquia (Parte I) | Hojas al atardecer

"Brilla con un frío destello al sol del atardecer.  Mi acero es fiel y sirve a la justicia, con muescas que narran sus victorias."


El reloj de la torre marca las once avanzadas. Me encuentro sentado espalda contra la pared bajo el ventanal de la estancia de los mecanismos que hacen que funcione el tiempo, tras de mí la inmensa plaza y el decadente templo. 

Gracias a un pequeño agujero a mi derecha y tomando mi cuchillo en el ángulo perfecto puedo verles aparecer reflejados en la hoja, a lo lejos. Llega la jauría del patriarca, una comitiva de una treintena de guardias. Modernos mosquetes de pedernal, alabardas y lucernes, corazas de metal y yelmos cerrados coronados con penachos rojos que recorrían sus espaldas, como crines de caballos. Eran fortalezas andantes, inexpugnables e invencibles, o eso se dice. Soldados de élite, producto de años de formación, decididos a sangrar por lo que representaba el templo a sus espaldas. 

Comienzan a colocarse en una hilera doble, creando un pasillo que une el inmenso portón con la vía que cruza la plaza. Suenan trompetas. Ya vienen.

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