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8 de enero de 2014

Demomaquia (Parte VII) | Tejados y tabernas

"Y entonces Deacon, hijo del Lord Protector, cayó de su montura en una nube de polvo y arena que cegaba la vista del más certero. Y en aquel desierto de cadáveres y fuego encontró a su padre, yaciente a los pies de estandartes rojos. Pero era ya demasiado tarde, pues Astor ya había comenzado la travesía. Y abrazando el cuerpo de su padre encontró allí un último descanso."

Hace ya diez minutos que apreté el gatillo. Los tejados son más seguros que las calles ahora. Se puede diferenciar la zona de la ciudad en la que estás sólo por sus tejados. En la zona burguesa las casas son individuales, separadas, recubiertas de materiales de calidad y alejadas del centro de la urbe. Al oeste, cerca de Refugio de Amanecer, el palacio del Lord Protector, abundan pequeños palacios de miembros de la élite con estanques de mármol azul en terrazas al amparo del cielo, para recoger el agua de las lluvias. En las zonas de clase media las casas están más juntas entre sí, hechas de hormigón o ladrillo, dos o tres pisos de altura con tejas rojas y a lo sumo alguna tímida ornamentación en mármol como placebo para el ansia opulenta. En las zonas más humildes y los barrios obreros, las casas son compartidas. Una sucesión constante de edificios construidos con piedra, madera o incluso adobe en los peores casos. Los tejados allí son muy inclinados, debido a la poca estabilidad, un muro mayor eleva la construcción por un lateral y con placas de pizarra o un conglomerado impermeable se crea una pendiente hasta el otro muro, para que la lluvia se deslice y no tire abajo el techo. Se distinguen al sur, en la lejanía, como una cordillera con chimeneas humeantes. Ha empezado a llover.

En veinte minutos he llegado al distrito sur, industrial. Conocida es la diferenciación entre los distritos, cada uno dedicado casi a un estrato de la sociedad. Cada distrito es un mundo diferente, con el más humilde al sur extendiéndose hasta la costa de la Bahía de las Ascuas , que más bien parece un cenagal por los residuos y el descuido de la zona. Allí en donde el hedor de la desembocadura de las cloacas te oprime los pulmones viven los desgraciados y marginados de esta ciudad.

El residencial del este llega hasta la Puerta de las Arenas, un paso en forma de triple arco levantado con motivo de las victorias del decimoquinto Lord Protector de la ciudad, Aemoreioth de las Arenas, llamado así por haber nacido en los eternos desiertos de Kamarand, en el lejano noreste, en pleno conflicto contra las hordas hostiles del desierto, en el cual moriría luchando su padre, el anterior Lord Protector. Tras 17 años de senescalía en los cuales el enemigo conquistaría terreno, el adulto Aemoreioth tomó el poder y llegaría el momento en el cual lideraría un ejército de 20.000 hombres en una contraofensiva que expulsaría a los hostiles kamarandinos hasta bien avanzado el desierto y el joven Lord ordenaría levantar una red de puestos avanzados a lo largo del borde del desierto para controlar la frontera. Así se recuerda al Lord Protector, con una estatua de mármol de 10 pies de altura en el centro de la plaza frente a la colosal arcada.

Al norte de la ciudad se halla el distrito militar, más alejado del resto de distritos y separado de ellos por el paso del río Teros por la ciudad. Aquí se afinca la sede del inmenso ejército de la ciudad, o al menos era inmenso en sus años de gloria. Hoy en día está formado principalmente por tercos, borrachos e idiotas fieles la mayoría al Lord y dispuestos a morir por él, o eso dicen. Aún así la élite del ejército se sigue nutriendo de algunos voluntarios con cierto honor, algunos simplemente alistados antaño para defender la ciudad con valor. Lo que antaño era una fuerza imparable de hasta 250.000 soldados, hoy apenas llega a la centena de millar. No es buen tiempo para morir por nadie.

En el oeste, atravesando la Vía de Amanecer que se extiende por el consagrado distrito de la opulencia y encerrado en jardines inmensos se erige en el filo del acantilado el Refugio de Amanecer, el milenario palacio fortificado levantado sobre las ruinas de la original fortaleza de Astor. La construcción de Refugio de Amanecer fue ordenada por su hijo, Aegoth el Cruel, tras acceder al puesto de Lord tras la muerte del hijo adoptivo de Astor, Deacon. Astor tuvo numerosas hijas, pero durante mucho tiempo no tuvo un varón que le sucediese. A los 38 años se comprometió a adoptar al hijo de un buen amigo suyo que habría muerto en batalla junto con él. El joven Deacon fue criado como un hijo natural y se prepararía para gobernar en caso de no tener Astor hijo natural varón alguno. Cinco años después nació Aegoth, y automáticamente sería primero en la línea sucesoria según la Ley. Pero Astor conocía a sus hijos, y cuando Deacon cumplió los 18, su padrastro lo reconoció como sucesor tras su muerte ante el pueblo, para desconformismo de Aegoth. Seis años después, Astor y Deacon morirían en el campo de batalla, dejando el trono libre para Aegoth, con 18 años. Para nada sospechoso.

Bajo de los tejados por una escala de madera y mientras desciendo miro en la lejanía la Torre del Reloj, mi fiel refugio en esta empresa que aún se levanta impasible por encima del horizonte en el último distrito, el central. La Torre del Reloj sirve de corazón para la ciudad, el centro neurálgico de la bulliciosa vida comercial, económica, religiosa y política. Allí la inmensa construcción se levanta en el centro de la Plaza de Astor, donde aún debe yacer el cuerpo del joven Ethanestoff. A sus pies tiene el Mercado Urbano, con decenas de puestos con sus respectivos incansables comerciantes. Al noroeste, el Templo de Astor, el competidor más cercano de la Torre del Reloj en cuanto a materia de tratar de alcanzar el cielo.

Tras tocar suelo sólo tengo que andar unos pasos y cruzar la esquina para encontrarme en la puerta de La Garza Azul, posada y taberna, el típico tugurio rústico con suelo de madera envejecida, vigas carcomidas, cerveza negra en jarras de barro y camas con colchones que parecen estar rellenos de clavos. Me dirijo hacia la barra, donde un viejo hombre se encuentra apoyado al otro lado mirándome de reojo. El tío es enorme, unos 6 pies de altura y la mitad en el ancho de sus espaldas. Su pelo, rojo oscuro como la sangre seca, algo que ninguno oriundo de estos lares ha visto jamás. Todo esto y su bigote que crece hasta las patillas, dejando la barbilla desnuda hacen que el viejo tabernero no sea simplemente uno más por aquí. Cuando llego a la barra, no hay palabras más de las que conforman el bullicio estándar de la taberna, sólo nos miramos durante unos momentos hasta que se le esboza una sonrisa bajo el rojo mostacho.

-Buen día, ¿no crees? -dice en un tono alegre mientras llena una jarra con cerveza del barril -Hoy el aire está menos ácido que ayer.

Poso mis cosas junto a la barra con cuidado.-¿De verdad vamos a hablar del tiempo, viejo? -Le contesto mientras cojo la jarra y me la llevo a los labios. El ríe por lo bajo y entrecierra con gracia los ojos, como preparándose para decir algo.

-¿Que tal está nuestro amigo mutuo? El tal Àn-Sether. -Me pregunta mientras bebo y le miro de reojo.

-Un poco jodido, no te mentiré, viejo. -Se me dibuja una tímida sonrisa.

De nuevo deja escapar algunas carcajadas mudas.-El viejo Jalos se alegra por ello amigo. -me dice mientras pone su mano en mi hombro. -Te espero atrás, no tardes. -Tras decirme esto abandona la barra y pasa tras de mí mientras me termino la cerveza. Se abre camino entre la multitud de gente en la taberna hacia una vieja puerta de madera astillada. -¡Jean! ¡Deja de charlar y ponte en la jodida barra que me tengo que ausentar!- Una joven de no más de veinte años se da por aludida, se disculpa ante las jóvenes con las que estaba hablando y viene rápidamente. Me dedica una tímida mirada y se pone a limpiar las jarras vacías de la mesa. Y yo la miro en silencio al otro lado de la barra.

Debajo de una boina verde de lana se pueden entrever mechones ondulados de cabello rojo, de tono aún más oscuro que el del viejo tabernero, pero no eran familia. El viejo Jalos tuvo una familia hace mucho tiempo, pero Jean no era su hija. Me contó su historia en el pasado. Aún así me quedo embobado mirándola detrás de la jarra, mojando los labios sin beber, no quiero que se acabe. Entonces caigo en la cuenta de lo estúpido que debo parecer y que Jalos me está esperando tras la puerta. Doy un trago generoso que llama la atención de la chica dejo la jarra a su merced mientras cojo mis cosas. Mientras me dirijo a la puerta me doy la vuelta para ver la cara de sorpresa de la joven al ver que he dejado una moneda de plata en el fondo de la jarra. Cuando levanta la cabeza para tratar de dar conmigo me volteo y abro la entrada a las bodegas.




24 de julio de 2013

Demomaquia (Parte VI) | Secretos en las tinieblas

"Son doce mil. Sin nombre, en féretros de piedra, en un cementerio cavado en lo más hondo de la mentira. Pobres desgraciados con uniforme de huesos y polvo de calcio roído por el tiempo."

¿Cual es mi nombre? Mi nombre, preguntan. Resuena el eco de la pregunta en las cavidades del templo y sale al cielo por el óculo de la cúpula. Me golpean una y otra vez sin darme ocasión ni tiempo a responder. Mi pierna aún rezuma sangre. No les diré nada. No hay piedad que pueda comprar con información. ¿Quién te envía? ¿A quién sirves? Más golpes. Brota sangre de mi boca. Y más. Balbuceo frases sin sentido, con un último golpe de bota en la nariz me lanzan contra una columna. Un guardia desenvaina su espada y acaricia mi barbilla con su punta.

-Un balbuceo más y te corto el cuello, asesino.

Levanto el brazo pidiéndole tiempo y con el otro tomo mi pistola, la lanzo al suelo.

-Está... cargada.

Otro guardia la toma, -El plomo sigue aquí.- Desde atrás se oyen pasos. El Patriarca se acerca con las manos entrecruzadas. Aparta dos guardias y se alza ante mí. No me habla, sólo me mira, como un hombre mira una hormiga en el suelo. Alza su mano para que uno de los guardias ponga una daga en su palma, dos de ellos me reducen y me arrodillan ante él. Se acerca y en susurros me habla.

-¿Eres un Vigilante? No, no tienes pinta. ¿Un Alas Negras? ¿Quién eres joven? ¿Quién te ha enviado? ¿Por qué le has volado los sesos a Àn-Sether?

-Yo... no le... he volado los sesos a nadie.- Balbuceé entre los borbotones de sangre de mis labios. -Mi... arma...- El Patriarca me interrumpió.

-¿Y de dónde vino el disparo, pues? Yo mismo vi como sacabas tu arma y disparabas. ¡Maldita sea la gracia de los Nueve! ¿Por qué mataste al Ethanestoff?- dijo mientras me apretaba la daga contra la clavícula.

-Lo habría hecho, señor, créame, y justo después habría acabado con usted a cuchilladas si fuese necesario. Pero de mi arma no salió proyectil alguno. Mi dedo índice no fue lo bastante rápido.- La muerte me esperaba y la había aceptado ya. No quedaba esperanza alguna para mí. Me miró con furia. Furia que no estaba alimentada por pena hacia el muerto, sino por miedo. Miedo ante cualquier amenaza que pueda gestarse contra él. Contra los nobles, los ricos. El disgusto crece en los bajos fondos, los barrios más pobres se mueren y sufren la viruela. -Tiene miedo, ¿verdad?- Susurré. -Los dioses son débiles cuando el pueblo no tiene fe en ellos.-

El anciano se quedó callado un momento. -¿Vas a morir por nada?- dijo recuperándose y mirándome por encima- ¿vas a gastar una larga vida por callar? ¿Por qué lo mataste? ¿Por qué lo ibas a matar?

Tomé aire mientras miraba al suelo, mi cuerpo colgando de los brazos de los dos guardias. -Mi padre... era arquitecto. Dirigió la recuperación de este mismo templo hace 5 años. Usted lo conocía, mi señor. Jensen Starvos, le llamaban "Manos blancas" porque siempre tenía sus manos manchadas del polvo del mármol trabajado.

Mientras hablaba el Patriarca se volvió hacia mí sorprendido. -¿Eres el hijo del arquitecto?

-Mi padre trabajó largos meses en este lugar. Lo convirtió en su segunda casa, lo conocía al detalle, mejor que a su propio hogar, mejor que al cuerpo de mi madre. -Aspiré con fuerza.- Conocía todos sus... secretos.

Hubo un largo silencio, interrumpido por el Patriarca. Empujó a los guardias que me sujetaban y me agarró del cuello. A pesar de la edad, sentí fuerza en la tenaza de carne que me aprisionaba. Me arrastró como pudo mientras llamaba a su capitán para que le ayudase. -Dos más guardad la entrada a la Sala Roja, ¡el resto salid a la plaza y acabad con el caos de las calles!-

La sala roja era una estancia interior, al norte del centro de la cúpula en la sala principal. Era un espacio ovalado, con una estatua de mármol de un guerrero con un yelmo de plumas rojas y una cama carmesí. La estatua se situaba sobre un pedestal rectangular, que en realidad era la tumba del rey Astor el Protector. Un descanso eterno para un monarca. A su alrededor, a lo largo del óvalo, se sucedían unas 50 columnas de tumbas de soldados que murieron en el delta del Icos, organizadas hasta en 5 pisos que llegaban hasta el techo. Acompañarían al rey más de 250 fieles guerreros muertos, en eterna guardia junto a su señor. El patriarca y su capitán me arrastraron circunvalando la estatua central, que parecía juzgarme con su lanza mientras yo me postraba arrodillado ante él. En el otro extremo de la estancia se abría un nicho con una pila, y sobre ella una balda de piedra sujetando un cáliz de plata y rubíes. El patriarca tomó el cáliz y presionó la balda sobre la que se encontraba. Se oyó un sonido fuerte tras el nicho y la corriente pasó por una pequeña puerta secreta tras la roca. Ante ellos unas escaleras que descendían hacia la oscuridad. El espacio ya no estaba cuidado, no había mármol, ni azulejos rojos ni estatuas gloriosas. Un angosto pasillo interminable de piedra sin trabajar recubierta de musgo y una humedad que ahogaba el aliento.

-Estos son los secretos que desenterró tu padre del olvido, ¿no es cierto? -No pude evitar la congoja. Ante mí nacía un pasaje de apenas dos metros de altura por uno y medio de ancho, flanqueado en las paredes por nichos y tumbas. Un cementerio largo tiempo olvidado que llegaba más allá de donde la vista se perdía en la oscuridad. En cada lado del pasillo unas 4 filas interminables, unas sobre otras de féretros de piedra, ataúdes encajonados.

-Las catacumbas... -dije, ya con la sangre de los labios seca. Miré al patriarca desafiante: -Matasteis a mi padre cuando descubrió esto, ¿verdad?-

-La historia la escriben los vencedores, chico. -dijo el viejo- Astor ganó en el delta, y a pesar de que los libros dicen que la victoria se saldo con sólo 250 bajas de nuestro bando, cierto es que esos libros los escribimos nosotros. El mito de tan gloriosa y absoluta victoria ensombreció la verdad de lo que ocurrió aquel día: una victoria pírrica. Los 250 que murieron acorde a las historias restan en la sala roja. Aquí, en estas catacumbas descansan los 12000 restantes que murieron aquel día.

-¿Por qué? -exclamé.- ¿Por qué olvidarles?

-¿Crees que Astor habría contado con el apoyo del pueblo si se supiese que había enviado a más de diez mil hombres a la muerte? Aquél día 12000 de los nuestros cayeron ante 9000 hombres de Ifflehim. Ganamos militarmente. Perdimos humanamente. A la vuelta, el rey entró a la ciudad acompañado de 8000 triunfales supervivientes y seguido de carros cargados con toneladas de cadáveres. Según el Lord dijo, eran los cadáveres del enemigo, que gracias a su bondad yacerían en nuestra ciudad, como rivales honorables. -el viejo paró y miró al horizonte negro de ese pasillo interminable.- Mentira. Los cuerpos de los 9000 de Àn-Ermaugh se pudrían en el delta, corrompido por la muerte y convertido en un pantano. La carnaza que había entrado en la ciudad era la de los hombres de el rey Protector, muertos por la urbe que habían jurado proteger. Después de todo, Astor quiso tener algo de honor bajo la mentira. 12000 cadáveres, padres, hijos, maridos y hermanos; muertos por su Lord. Aquí yacen olvidados, habiéndose sacrificado en vida y en muerte por el estatus de su rey. Nuestra ciudad es lo que es hoy por su muerte y su olvido. Nuestros últimos 1500 años se han basado en esta mentira.

Un extraño sentimiento recorría mi cuerpo. Las tumbas parecían dejar escapar tímidos suspiros secos en la estancia inundada por un aire pesado y pegajoso. Me llegaba a sentir culpable. Eran desgraciados, pobres hombres injustamente olvidados.

-Tu padre murió por eso, chico. Descubrió la Tumba de los Olvidados. No nos podíamos arriesgar a que hablase. Durante siglos hemos intentado recobrar las relaciones con Ifflehim, pactar una paz tras tantos años de odio y rencor por lo ocurrido aquel día. -El viejo tenía un brillo extraño en sus ojos mientras hablaba, y el frío y el aire parecía más cargado.- Tu padre querría honrar a los que aquí restan, pero este descubrimiento habría hecho fuertes a Ifflehim, se habrían levantado en armas al ver que después de todo nosotros no eramos tan superiores como ellos creen y el intento de paz sería un fracaso. Logramos silenciarle. Pero tú, bastardo, tú has matado al hijo del señor de Ifflehim; y con ello viene la guerra. ¿Aún no tienes nada que decir?

-Sí... -dije con una mueca sonriente- Yo no he matado a nadie, y de haberlo hecho te habría matado a ti, asesino...-dije riendo, llevado por una extraña locura.- Y... viendo lo que se os viene encima... creo que vais a tener que ampliar este sitio.

El viejo me pisó la cabeza hasta que mis risas cesaron.

4 de junio de 2013

Demomaquia (Parte V) | Lugar erróneo, momento equivocado

"Una capucha gris, como un peregrino que llega a una nueva tierra para liberarla de los cuervos y los buitres.  Es un lobo, un halcón que caza ratas."

Me deslizo entre las figuras de la muchedumbre como entre la maleza de un manglar. Mi rostro ensombrecido bajo la capucha gris y me coloco el pañuelo tapándo mis facciones. Se muestran reacios a dejarme paso, me cuesta avanzar entre tanta gente. Estoy a apenas 20 yardas del carruaje cuando de pronto los guardas empujan a las primeras filas de espectadores con hostilidad, protegiendo al señor y al Patriarca, haciendo pasar sus alabardas a escasas pulgadas del público. Los guardianes están colocados a unas 3 yardas el uno del otro, para cubrir un espacio mayor, habiendo una valla adornada entre cada uno de ellos. Me muevo entre tanto caos rodeando el carruaje hasta poder ver a mis objetivos saludándose. Avanzo esquivando miradas y discretamente busco mi pistola de percusión enfundada a mi espalda bajo el abrigo. Paso a paso mi mano aferra el arma con mayor fuerza. Ya no hay vuelta atrás, los guardias me miran. Me dispongo a saltar una de las vallas entre dos guardias rápidamente, aprovechando el gentío y la confusión me dará unos segundos de ventaja antes de que se echen sobre mí., quizás incluso pueda escapar de esta. Un guardia me ha visto, me alerta, lo ignoro. Salto la valla y estoy a 5 metros de el noble, desconoce que a sus espaldas se le aproxima su muerte. El guardia salta la valla, se disponen a reducirme. Desenfundo la pistola rápidamente, apunto al viejo.

Un estruendo envuelve la plaza y todo se hunde en un silencio mortal. El señor del este se desploma. Me quedo paralizado, aún con el brazo en alto apuntando al frente, a la cabeza del Patriarca, pero estoy paralizado. Me paso la mano libre por mi cara, estoy empapado en sangre que no es mía. Vuelvo a alzar la mirada hacia el Patriarca, que me mira aterrorizado antes de huir entre la marea de corazas que es su guardia personal, cuyo capitán, de alto penacho rojo corre hacia mí, señalándome. Vuelvo en mí y me doy la vuelta, vienen a por mí, y veo como la muchedumbre se dispersa. Rápidamente huyo e intento perderme entre el mar de individuos. Las alabardas ondean y derriban a muchos. Salgo del gentío y me dirijo a una callejuela donde quizás les pierda, pero cuando estaba a punto de entrar siento como una hoja se hunde en mi gemelo. Me derriban y el guardia pone el lucerne en mi cuello. Cuando quiero darme cuenta estoy rodeado de ellos, con sus rodillas en mi sien y mis manos asfixiadas, inmovilizadas por una pareja de guardias. Rápidamente me doy cuenta, mientras me levantan y me empujan hacia el interior del templo, que algo peor que la muerte me espera.

19 de marzo de 2013

Demomaquia (Parte IV) | Templos e historia

"Miradles, escondidos tras escudos verdes. Todos ellos morirán hoy. Y muchos de nosotros también caeremos con honores. Ellos son los causantes del mal de nuestra gente. Nuestra urbe  se eregirá como gobernadora de todo territorio, desde las costas del oeste hasta las áridas  tierras del este. Las aguas de este río se han alimentado con miles de años de guerra. Nutridlas pues con su sangre, hijos míos"

La plaza está desierta, tanto frío causa la insensibilidad en mis dedos. Estoy sentado en un banco a unas 150 yardas del portón del templo. No deben ser ni las siete de la mañana, y el sol aún no alumbra la torre del reloj como para permitirme ver la hora exacta. La plaza está desierta. Las puertas del templo están cerradas.

Es gigantesco, siempre que había pasado por delante de la fachada me había sentido como un insignificante grano de arena ante tal majestuosidad arquitectónica. Las grandes columnas con fustes detallados con imágenes de guerras y héroes sostenían un friso liso, sobre el cual se alzaba un frontón semicircular con un altorrelieve de la batalla del delta del Icos, tantos murieron hace tantos años. En el frontón se distinguía una inscripción ya casi ilegible, en una lengua ya largo tiempo olvidada. Mi padre era arquitecto, recuerdo algunas cosas que me contó del templo. El nombre oficial es Templo Magno de Astor el protector. Fue construido en honor a la victoria de éste ante el rey Àn-Ermaugh, de Ifflehim en el delta del río Icos, hace más de mil quinientos años. Según se dice en las antiguas escrituras, la litografía del frontón reza unas palabras que el propio Astor pronunció antes de entrar en combate: "Las aguas de este río se han alimentado con miles de años de guerra. Nutridlas pues con su sangre, hijos míos". Pacíficas palabras para colocar en un edificio público, ciertamente.

La gente comienza a llegar, se han colocado unas vallas de madera adornada con banderas y blosones de la ciudad formando un pasillo desde el centro de la plaza hasta el portón del templo. La plaza se llena de personas, curiosos madrugadores que esperan un espectáculo. La luz del sol matinal baña el espacio y el reloj de la torre se muestra ante todos los que se reúnen bajo su sombra. Son las 11:30.

Queda poco para que llegue el señor, como decían los carteles. Se oye un barullo proveniente del centro de la plaza. Miro de nuevo al reloj, son las 11:44. El carruaje ha llegado. Entre tantos gritos, se para en el epicentro, entre banderas y sobre una alfombra enorme que cubre una gran superficie. Se paran los caballos y los hombres en brillantes armaduras y con largas armas de acero hacen las veces de murallas humanas que separan al gentío del carro. Y entonces las puertas se abren, con un sonido sordo, y un frío aliento parece ser escupido por el interior del templo. Las gentes callan, y entre las sombras del interior aparece una figura atraviada en blanca túnica, con una barba gris que le llega a la altura del pecho. El cerdo del patriarca sale a la plaza y baja el crepidoma acompañado de una comitiva de eclesiásticos, guardias magnos y sirvientes. A su vez, la muchedumbre grita. Parece que el joven del este ha bajado de su carruaje.

Me levanto y me dirijo a mi objetivo. Miro una última vez a la torre y veo un brillo característico proveniente de una de las ventanas bajo el gran reloj. Estoy concentrado y decidido. Hoy la sangre nutrirá algo más que el delta del Icos.

11 de marzo de 2013

Demomaquia (Parte III) | El trueno y el espejo

"El disparo se oyó desde todos los rincones de la ciudad, como un trueno seco y cruel que resquebrajaba el aliento de quien lo oía. Cayó muerto el noble, frío, como un rey en jaque mate."

Se daban la mano, como amigos de toda la vida, más no era su amistad un simple acuerdo económico, basado en las mentiras y las traiciones conjuntas ante el débil. Cruzó mi mente volarle los sesos al patriarca, pero eso no dependía de mí. Todo a su tiempo, decía mi abuelo. Ajusté la mira hasta conseguir una imagen tán nítida que podía ver las gotas de sudor resbalando por su frente, parece que el puerco se asa en esos hornos de metal. Apunté ligeramente sobre la cabeza del objetivo para compensar la caída del proyectil a tal distancia, tomé aire y lo solté lentamente entre los labios con un tímido silbido.

Un mínimo golpe de dedo índice, un estallido ensordecedor, una violenta sacudida en la cabeza del noble y una calma incómoda. De pronto, todo se para. Cesa el clamor de las muchedumbres ante el eco del trueno, acrecentado por las corazas de los guardias. Las palomas en la plaza nublan el cielo huyendo del estruendo en bandada. Las sombras de sus alas oscurecen las armaduras pálidas. El Patriarca dedica una última sonrisa afectuosa al señor del este, que lentamente pasa a una mueca de confusión para llegar a una de terror. Y entonces, entre tal silencio, se desploma un cuerpo sobre las alfombras colocadas en la plaza, y poco a poco tornan a un brillante tono carmesí, que sirve de espejo en el cual se reflejan las palomas que se alejan hacia las alturas. Y entonces, el silencio cae víctima de los gritos agudos de la gente, los guardias rodean el cadáver y preparan sus mosquetes apuntando en todas direcciones. Los protectores disuelven a la muchedumbre buscando a alguien sospechoso, con algún arma de fuego. La gente corre, y ante tal caos, los guardias enloquecen. Cogen a un hombre encapuchado que huía despavorido con el gancho de un lucerne y lo hieren de gravedad, me pregunto si lo usarán de chivo expiatorio. Me pesa el daño a los inocentes, pero no depende de mí, yo ya he cumplido, yo ya he desaparecido, entre los tejados de la urbe. Mi trabajo aquí, hoy, ha terminado. Os he dejado el casquillo que ha matado a vuestro señor en la torre, allí tendréis la prueba de quién ha sido el culpable, quizás así salve inocentes. Aunque bien dudo que se molesten en investigar, antes aplastarán a todo el que parezca sospechoso con tal de hacer eterno el terror impuesto. Es hora de que sean ellos las víctimas del pavor del que fueron autores. Las tornas cambian.

26 de febrero de 2013

Demomaquia (Parte II) | Como herramientas de un artesano

"Este es mi fusil, hay otros muchos, pero éste es el mío. Mi fusil es mi juicio y es mi vida. Tengo que dominarlo y evitar ser movido por su poder, pues sin mí, mi fusil no sirve; y sin mi fusil yo no sirvo."

Las decenas de voces y diferentes conversaciones que tenían lugar en la plaza se silencian cuando un carruaje entra en la plaza por el lado este. De madera de calidad, embellecido con telas verdes que ondean tras de sí con el movimiento. Las gentes han inundado la plaza y son separadas del lugar del encuentro por varios metros de guardias del patriarca, que amenazan con sus alabardas a los que se acercan demasiado. Piden silencio. Preparo mi Ébano.

Ellos tendrán mosquetes, yo tengo algo incluso mejor. Venida del este, un prototipo de arma de fuego sustancialmente más precisa que las suyas. Lo llaman fusil. Esta es mi Ébano. Pesa diecinueve libras y tiene un cañón estriado de seis palmos, que hace que la munición tenga tal poder de penetración y alcance que puede atravesar una coraza de bronce a trescientas yardas. Una recámara permite disparar tres veces rápidamente mediante un mecanismo de cerrojo antes de tener que prepararla de nuevo. En mis bolsillos guardo una docena de proyectiles, puntiagudos como estiletos que atraviesan hierro, carne y hueso. Acarician el metal de las entrañas del fusil y coloco un proyectil, cierro la cámara y con la palanca la cargo. Mi Ébano. La mira, un prodigio telescópico, me ayudará a tener una vista privilegiada sobre el encuentro. Estaré a apenas unas doscientas yardas del carruaje, nada que no haya hecho ya. Se ha bajado.

Se baja orgulloso, el ruido de las grebas chocando contra el suelo se oye en toda la plaza, con sus galas, capa carmesí y una coraza de acero con incrustaciones de argenta como buen noble; a su cintura, su espada, un estoque con filo cortante. Pelo lacio a la altura de su mentón, ligera barba, facciones suaves y unos ojos que sonríen falsamente a su anfitrión. Su nombre es Àn-Sether, de la familia Ethanestoff, hijo del señor de Ifflehim, reciente protegido del patriarca, una pieza clave del plan dado a continuar el orden establecido. Porta el título de Àn, señal de que pertenece a la casta de los antiguos monarcas del este, antaño grandes dirigentes desde la ciudad de Ifflehim. Hoy en día es una dinastía decadente de un reino que no es ni la sombra de lo que fue. Las ansias de recobrar el prestigio se pueden sentir en sus acciones recientes.

Sé lo que pasa aquí, y aquí estoy para que no ocurra.

21 de febrero de 2013

Demomaquia (Parte I) | Hojas al atardecer

"Brilla con un frío destello al sol del atardecer.  Mi acero es fiel y sirve a la justicia, con muescas que narran sus victorias."


El reloj de la torre marca las once avanzadas. Me encuentro sentado espalda contra la pared bajo el ventanal de la estancia de los mecanismos que hacen que funcione el tiempo, tras de mí la inmensa plaza y el decadente templo. 

Gracias a un pequeño agujero a mi derecha y tomando mi cuchillo en el ángulo perfecto puedo verles aparecer reflejados en la hoja, a lo lejos. Llega la jauría del patriarca, una comitiva de una treintena de guardias. Modernos mosquetes de pedernal, alabardas y lucernes, corazas de metal y yelmos cerrados coronados con penachos rojos que recorrían sus espaldas, como crines de caballos. Eran fortalezas andantes, inexpugnables e invencibles, o eso se dice. Soldados de élite, producto de años de formación, decididos a sangrar por lo que representaba el templo a sus espaldas. 

Comienzan a colocarse en una hilera doble, creando un pasillo que une el inmenso portón con la vía que cruza la plaza. Suenan trompetas. Ya vienen.